Vidas Pintorescas: José Zamora (Alvaro Retana—La Mañana, 1917)

por Alvaro Retana
La Mañana (Diario Independiente), Madrid 7 de febrero, 1917
Font: http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0026322903

—¡Candor, divino tesoro! . . . — Las noches de París. — Entre sedas perfumadas. La Moda, la Literatura, la Danza y la Moral . . .

María Paz, la bellísima maniquí de Zamora

En 1903, Pepito Zamora era uno de los alumnos más aventajados del Colegio Clásico Español. Por aquella época—contaría unos diez ú once años—estudiaba el primero del bachillerato. Sus compañeros de entonces—Estanislao, Antonio y Félix Suárez Inclán, los hijos del ex ministro del mismo apellido; Pepito Seijas, el hijo de los marqueses de este título; José Antonio é Ildefonso Maza, Miguel Cambra, Julio y Rafael Molina, los López-Bourbón, Fernando y Ángel Santistéban, hijos de los marqueses de Pinares; Paquito y Vicente Montojo, los Milla, y tantos más, hoy pollos coruscantes, ornato de la villa del oso y el madroño, podrían atestiguar que Pepito se destacaba entre el centenar de chiquillos que integraban el Colegio, por su sonrisa eternamente amable y su aire soñador. Era una criatura de excesiva timidez, y en su rostro podía admirarse la expresión del candor más atrayente. Felino, reposado y enemigo de juegos, sentábase en las horas de recreo en un extremo del jardín, para charlar con algún compañero, mientras dibujaba con la mano izquierda sobre un cuaderno chiquitín. Pintaba con pasmos a celeridad; pero todas las figuras eran exclusivamente femeninas. Unas mujeres que, á pesar de lo incorrecto y deficiente del dibujo, ofrecían una extraña ó inconfundible espiritualidad, tan altas y vaporosas, llenas de encanto parisién, por la elegancia de las “toilettes”.

El director del Colegio Clásico Español sentía gran predilección por el rubio muñeco. Era tan aplicado, tan amante del arte—devoraba novelas y se pasaba los domingos en las salas de los Museos, acompañado de Gabriel Forrero, Pedro Mugurua ó el que escribe estas líneas (Álvaro de Retana) — y, sobre todo, tan encantadoramente inocente, que D. León nos lo presentaba al resto de los alumnos como un modelo digno de imitación. Pepito hablaba el francés con admirable perfección, era de una exquisitez y amabilidad en verdad sorprendente, y todo hacía presumir que el estudioso colegial sería un hombre de provecho, digno de la admiración y el respeto de sus contemporáneos

. …Pero á los diez y ocho años, Pepito Zamora, que ya era bachiller y había adquirido una cultura artística maravillosa, y como dibujante, se había refinado definitivamente fue enviado por sus padres á París para que se orientase antes de emprender su carrera de artista. Y las noches parisinas de vértigo y locura, de ajenjo, de éter, de opio y de excentricidad abominable, transformaron al colegial candoroso y aplicado, al niño inocente y sereno en un torbellino peligroso, en un personaje de novela de Lorrain1.

En la capital de Francia, la existencia del joven pintor no pudo ser más equívoca y azarosa. Fue admitid o como dibujante en casa del célebre modisto Poirét, durante dos años fue el árbitro y tirano de las elegancias femeninas de París. Jean Richepin2 le encargó los figurines de su célebre obra “Le Minaret” y todos los críticos de arte y el público parisino le proclamaron el primer creador de elegancias. José Juan Cadenas, publicó en el “A В С ‘ una crónica bellísima dando cuenta de los éxitos de nuestro compatriota, y M. Joan de Bonneffon le ofreció las columnas de “Le Journal ” para que publicase crónicas y dibujos. Las mujeres más bellas y alocadas y los hombres más interesantes se disputaban su amistad, y pronto Pepito Zamora, despojado de sus prejuicios, de su envidiable inocencia y de cuanto en él había de sensato, fue arrastrado á “una vida de desenfreno. Complicado en todas las tertulias de mujeres galantes, artistas despreocupados, aristócratas enloquecidos, aventureros del gran mundo y millonarias extravagantes. Pepito Zamora conseguía destacar su personalidad por su “sprit” inconfundible. Por su estudio de la “rué” Víctor Massé, decorado con fastuosidad de rajá indio y refinamiento propio de un Cosme de Médicis, empezaron á desfilar las damas galantes más encopetadas, ávidas de un figurín “epatante”, que pagaban a precio de oro. Pepito colaboraba en las principales revistas parisinas, ponía en escena obras de autores eminentes, y estos ingresos, unidos al magnífico sueldo de la Casa de Poiret, le permitían una vida de excesos reprochables. No hubo extravagancia que Pepito Zamora, alma de artista delicadísima, no abordara si él la consideraba “decorativa”, y una noche, los vecinos de su casa supieron que el joven dibujante había ofrecido una cena a varios apaches de la terrible banda de Bonnot. A la fiesta acudieron algunas actrices muy notables, y Cora Laparcerie, la famosa creadora de “Le Miniaret”, quiso abrazar al dueño de la casa:

—Cómo!—protestó éste—. A mi, señora, se me mira y se me admira; pero nada más. Cora Laparcerie, fracasada, puso en circulación las más variadas calumnias.- Pepito Zamora, sin preocuparse de su enemiga, estudió “La mort d’Ase”, y se presentó como bailarín en el teatro Fémina de París. Fueron precedidas sus danzas por una conferencia de M. Jean de Bonneffon. Y enseguida salió á interpretar el repertorio de la fantástica Tórtola Valencia

Esta, al conocer el éxito de Zamora, se encaró con él y sobrevino una escena muy pintoresca, en que ambos se pusieron como “chupa de domine”, que dicen los “castizos”.

Bien es verdad que posteriormente hicieron las paces, y ambos se admiran y se quiere. Pepito siguió bailando en teatros de París y Cora Laparcerie que intentó ridiculizarle le concedió la reputación de bailarín al estilo de Nijinsky, y motivó una nueva manifestación del artista.

Amparito, Pilar y María Paz, tres maniquíes de Zamora

En unas sesiones de espiritismo murió de repente un conocido aristócrata español de paso en París y las autoridades empezaron a preocuparse con las “soires” de Zamora. Y una noche pretextando que una de las invitadas había sido arrojada por las escaleras abajo fue llamado a la Jefatura de Policía para advertirle—después de multarle—que como no cesaran los escándalos, se impondría lа expulsión de París.

Al estallar la guerra europea, Pepito Zamora vióse obligado á regresar á España. Vino con Gloria Laguna – y otros aristócratas, en un departamento de tercera, y gracias que pudo alcanzar un sitio en el tren, que llegó á Madrid realmente abarrotado de viajeros. En el año de 1915, Pepito Zamora dióse a conocer como dibujante de elegancias en las revistas madrileñas. En el mes de enero fue designado por el Director-jefe de “La Ilustración Española y Americana”, el exquisito literato Wenceslao Fernández Flores, para ilustrar las crónicas de modas en la antigua revista. También para ilustrar los trabajos de “Frivolidades”, en “Por Esos Mundos”, le requirió José del Perojo, entonces director de la publicación. Luego ilustró varias novelas de Antonio de Hoyos, Federico Garcías Sanchiz y el cronista en “La Novela de Bolsillo” , hoy difunta, y de allí pasó á colaborar en “La Esfera”, “Nuevo Mundo”, “los Contemporáneos” , “La Tribuna ” y otros periódicos de verdadero prestigio.

José Juan Cadenas le pidió que pintara los figurines de “El capricho de las damas”; Martínez Sierra le llamó para hacer los de “El sapo enamorado” y “La dama de las camelias”, y su trabajo mereció los más exaltados elogios de las personas de buen gusto y de literatos de importancia.

Sería pueril y vano negar el gran talento que distingue á Zamora. Concurren en él, además, una educación impecable y una generosidad que raya en el desenfreno.

Espíritu envenenado por una literatura perversa, adviértanse en él los más encontrados momentos psicológicos! Tan pronto demuestra una voluntad terca y enérgica, como se siente dominado por un gran desfallecimiento espiritual. Esfuérzase unas veces por parecer excéntrico inconsciente é inadaptado, y otras, en cambio, manifiesta una sencillez y tranquilidad moral de perfecto burgués.

Aunque en público es vano, orgulloso de su propio valer insolente, en la intimidad de su hogar, cuando la farsa del día acaba, es un bebé grande que adora á su madre, y que basta en sus rebeldías con la familia adopta un gesto de sumisión enternecedora. Hace seis meses, Pepito Zamora abrió un gran taller de modistería. Maestras y oficialas se encargaron del trabajo material, y él se ocupaba exclusivamente de pintar los figurines. José Serrano le hizo encargos por valor de 25.000 pesetas. Numerosas damas de “La alta sociedad madrileña se viste en “сhez” Zamora, y del éxito de su casa dará idea el detalle de que en ocho meses José Zamora ha ganado con su casa de modas 36.000 pesetas.

Entre sus maniquíes hay una criatura bellísima de diez y seis abriles adorablemente rubia y toda ella “chic”, como una figulina del boulevard. Se llama María Paz es delicada inteligente y sueña con dedicarse al teatro. Se presentará como bailarina, y Zamora, siempre generoso, la ha prometido regalarle el vestuario.

Las otras dos maniquíes también son como María Paz: dos señoritas honestas y formales, porque en la “maison” Zamora no se consiente nada que no sea correcto y honorable.

En casa del exquisito dibujante puede admirarse el orden más perfecto, la seriedad más inglesa y la austeridad más irreprochable.

Hace muy pocas noches, Pepito Zamora hablaba del cansancio que le producía su existencia, esa existencia tan vertiginosa. Y añadía que pensaba refrenarse volver á la vida de paz y recato, de prosaica vulgaridad que nos distingue á sus excompañeros de colegio, los que le miramos con indecible espanto, como a un monstruo fabuloso ó de pesadilla; los que cuando oímos contar sus aventuras de París ó sus “genialidades” de Madrid murmuramos con honrado estupor: Hay que ver ¡Cómo cambian las personas i Con lo formal que ha sido “este muchacho!… ¡El arte! ¡La gloria ! i La moral ! i Los artistas! I BahI.. . .

ALVARO RETANA

La Mañana (Diario Independiente), Madrid 7 de febrero, 1917 (veure article en pdf)


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